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jueves, 15 de septiembre de 2011

Dame!


Martín se sentó en la falda de su madre. Con ojos abiertos y brillantes le dijo:


- Quiero un cuento!


Madre dio su mirada contra la de Martín y sintió esa exigencia como un pinchazo en las entrañas. Él quería un cuento. No buscaba que se lo contaran, lo quería a él, todo suyo para rememorarlo a la noche, de mañana, cuando se aburría en la clase de matemática. Algo de todo eso, asustaba a madre, que como les estoy contando, pareciera haber dejado de tener nombre para ser eso: madre.

Martín seguía impasible, con los ojos inmóviles y la boca entreabierta, mientras Madre miraba como se le inflaba y desinflaba el pecho a un ritmo acelerado.

Decidida, se aclaró la garganta, acomodó el peso cómodo de su hijo, y cuando estaba lista para contar alguna historia que calmara a ese monstruito insaciable…



…un conejo con reloj, saltó de su boca

viernes, 26 de septiembre de 2008

Choices

Cuando estaba en primaria, y hacía cosas de niña, solía escuchar la radio con mi vieja.
Los fines de semana había programas para chicos en Continental. Yo participaba llamando como señora desesperada a Susana Gimenez.

Había acertijos, preguntas, concursos de llamados y demás desafíos para nenes de mi edad. El problema es que yo llamaba como una condenada, todos los sábados a la mañana. Me costaba un montón comunicarme antes que alguien se hubiera ganado el premio. Siempre me tocaba el consuelo. El que conseguía yo, generalmente era un diccionario Larousse escolar. Una reverenda porquería. Es más, hace un tiempo regalé un montón de esos.

Pero una mañana iluminada, mi llamado llegó antes que otros. Ya ni me acuerdo qué contesté. Tampoco me acuerdo si mi vieja contestaba por mí la pregunta… solo me acuerdo que gané.
Era un día glorioso. Me había ganado una visita guiada al zoológico con mis hermanos y mi mamá, pero un lunes, los días en que el zoológico estaba cerrado. Los animales eran todos para mí. Les podía dar de comer hasta cansarme. Y acariciarlos con la guía de un cuidador. A esa altura de mi vida, era uno de los mejores regalos que me podrían haber tocado.

Sin embargo… el día pautado para la visita se superpuso con mi audición para el coro del colegio. Yo tenía 9 años, estaba en 4º grado, y no había nada en el mundo que deseara más que cantar en el coro, que me seleccionaran.
Si me preguntan por qué tanto ensañamiento con la música, la verdad que no tengo una respuesta. Nadie era músico en mi familia. Pero todos cantábamos en la ducha. Y mi viejo era un buen improvisador de canciones con groserías.

Tantas ganas tenía de sobresalir en la audición (estaba segura de quedar), que dejé de lado el único premio que había ganado en las largas mañanas de llamados.
Efectivamente quedé en el coro. Eso me bastaba para sonreír de oreja a oreja.
Pero lamentablemente llegaron mis hermanos, mi primo y mi mamá, quienes no habían dejado de ir al zoológico por mí baja, desencajados de la emoción por la visita exclusiva que habían vivido.
Obviamente me bajaron la sonrisa de un hondazo.
Calladita la boca, me senté a cenar un rico puchero con ceño fruncido.

Seguí llamando a los programas de radio. Y junté una hermosa colección de diccionarios.

jueves, 26 de junio de 2008

Fantasías


El mundo de los grandes se le hacía inabarcable.
Por las noches, soñaba con formas humanas enormes. El sol la enceguecía y ni siquiera las sombras de esos gigantes señores le tapaban la luz.
Pero a ella no le importaban ni el sol ni la luna: los señores grandes le daban miedo y prefería escaparse de ellos antes que cobijarse en sus ropas.
Y cuando ya estaban lejos volvía a respirar con normalidad.

Sin embargo, había uno que no le daba miedo. Con él se pudo subir a un tren y viajar donde no había amenazas.
La llevó bien lejos, a otro reino, otro país.
Allí, la estación de trenes era muy extraña: más sucia pero más soleada. Las personas lucían más tostadas y cargaban por las calles bolsas y gotas de sudor.
Sus zapatitos hacían clac clac por el empedrado. La vereda era muy angosta y preferían ir por la calle.
Ese día, de la mano del señor amigable, ella conoció majestuosas escalinatas, viejas que debían tener ruleros y pintorescos loquitos.

Volvieron en el tren, sentados uno al lado del otro. Una luz se fue y aparecieron cientos como puntitos lejanos, intermitentes. Sus ojos se escaparon por la ventana.



Al volver a su cama, los viejos miedos aparecían. Las enormes figuras se abalanzaban sobre ella, como queriendo devorar su tiempo.
Sin embargo, por las noches cuando sentía la manota en su frente y una caricia en el pelo recordaba la extraña tarde.
Santo remedio. Respiraba tranquila y volvía a soñar con ositos cariñosos y pequeños ponys que la llevaban bien lejos.





* El dibujo es del blog Tipika , perdón por robarlo por un rato!