El está sentado en su silla. Grandilocuente, enorme, charlatán por donde se lo mire. Todo un vendehumo.
Les habla y todos se ríen de lo que dice. Una risa cómplice. Ellos arquean sus manos y chocan sus dedos, mientras les cuenta el plan.
Es una idea brillante. Invierten la plata. Pero en realidad se la comen. Se la sacan de las manos a los nenes de pancita hinchada.
Miles y millones de pesos que planea tirar al techo en una gran campaña.
Se siente grande. Se siente importante. Eso es lo que siempre le interesó. Montarse en otro. Cagarse en el otro.
Vuelve a sus dos paredes a escribir un gran discurso. Esos discursos de demagogos. Esos discursos que nunca dan de comer más que un choripan. Y se siente crecer.
Se ensancha.
Engorda.
Se hincha más de lo esperado.
Es el ego.
El del piojo resucitado.
La garganta se le dilata.
Sus manos son dos globos.
Ya no puede respirar.
Los ojos se le salen de las órbitas.
Explota.
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jueves, 13 de marzo de 2008
viernes, 8 de febrero de 2008
El primer trabajador
Lleno de papeles el escritorio. Se asoman detrás de ellos sus ojos claros.
Mejillas sonrojadas y arrugas tensas en la frente.
Todo el día va de acá para allá.
Vuela sobre expedientes.
Pincela con la birome.
De vez en cuando hay remansos. La calma antes de la tempestad.
Y otra vez vuelta a correr.
Y a mirarlo como un partido de ping pong.
Con andar de pasos agigantados y un cigarrillo en la boca, recorre la oficina.
Se para. Da una bocanada de tabaco. Y me mira. Fijo.
Piensa. O eso creo.
Y vuelve a arrancar sin decir nada. Como los muñequitos a cuerda.
Como los conejitos de duracell. Con pilas hasta la noche. Y con cansancio refugiado en los ojos.
A veces me detengo y lo miro incrédula. Pienso cuanto puede valer estar así, y dejar de lado tantas cosas.
En esos momentos lo admiro y me apeno por él.
Después, en los momentos en que me quiero ir a mi casa, vuelve a ser mi jefe.
Mejillas sonrojadas y arrugas tensas en la frente.
Todo el día va de acá para allá.
Vuela sobre expedientes.
Pincela con la birome.
De vez en cuando hay remansos. La calma antes de la tempestad.
Y otra vez vuelta a correr.
Y a mirarlo como un partido de ping pong.
Con andar de pasos agigantados y un cigarrillo en la boca, recorre la oficina.
Se para. Da una bocanada de tabaco. Y me mira. Fijo.
Piensa. O eso creo.
Y vuelve a arrancar sin decir nada. Como los muñequitos a cuerda.
Como los conejitos de duracell. Con pilas hasta la noche. Y con cansancio refugiado en los ojos.
A veces me detengo y lo miro incrédula. Pienso cuanto puede valer estar así, y dejar de lado tantas cosas.
En esos momentos lo admiro y me apeno por él.
Después, en los momentos en que me quiero ir a mi casa, vuelve a ser mi jefe.
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