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martes, 28 de mayo de 2013

Minnie

Creo que no te escribí nada.
Dejé que Marido te dedicara unas palabras en medio de sus ficciones, y yo me dediqué a divagar.

Sin embargo andás por ahí siempre.
Mirando detrás de los anteojos marrones.
Dejando a un costado tu audífono para escuchar lo que puedas con tus oídos.
Poniendo una cucharada de dulce de leche en algún platito
o preparando un estofado de asado.

Entre juegos me dijiste "Sopolepedapad", y me enseñaste un mundo nuevo.
Me miraste con amor.
Y porque te dí un beso, abriste el armario del living y sacaste una golosina.

Después muchas más cosas.
Muchas que quisiera no recordar.

Solo tu mano fresca agarrada de la mía
y noches sin dormir bien.
Ocuparme de que tuvieras bien las hebillitas.
Darte un beso y despedirte.

Con todo el corazón.


viernes, 23 de septiembre de 2011

Comida de pobre

El pequeño totí
despertó de un sueño profundo
de alas cortadas y fruta robada.

Desde la oscuridad miró al sol
Y se sintió renovado
Extendió su oscuridad
Y comprendió que no era sencillo.
Comprendió la pequeñez de su cuerpo
y la grandeza del extraño.

Y escuchó que el hambre puede más.

Polenta y pajarito,
Trabajo y pan.
Niñez y vejez,
le pegaron en la nuca
y lo rescataron de una muerte segura.

Acomodó las patas enderezadas y
remontó vuelo, sin mirar atrás
Olvidando todo lo aprendido
Volviendo a ser pajarito

Polenta y pajarito

jueves, 1 de septiembre de 2011

Revisión

Mientras esfuerzo mis recuerdos, me tomo un café en un bar. Flotan en el aire reggaetones radiales, en mis auriculares Regina, y en mis ojos pasan letras que despiertan una sensación familiar. Una sensación de deja vu…

…Estoy sentada como siempre, en el segundo banco. Apoyada la espalda contra la pared y despatarrada paralela al banco. Adelante, Rita escribe apuntes en el pizarrón, y la escucho casi sin necesidad de retener lo que pronuncia. Mi memoria guarda en algún lugar escondido los gestos, los míos, los de ella, el ambiente del aula. Hablar ahí sí que no me cuesta, me resulta natural y agradable. Siento necesidad de decir algo, de interpretar eso que leo, como si buscara las palabras justas para improvisar algo.
Una profe suplente con lenguaje universitario fracasa maquiavélicamente con el análisis discursivo. No me acuerdo haberme esforzado tanto como esa vez para hacer algo. Sabía que no había nada definitivo en esos garabatos en la hoja, sin embargo su respuesta como sonrisa me decía que había hecho algo bien. Que aunque más no fuera, el esfuerzo estaba justificado.
Antes o después, una luna, mirada con diferentes ojos, alumbraba una mortaja negra, una mujer, un camino. Luego… escuchaba las palabras esperadas.


Ahora junto pedazos, necesidades de textos, de pensar, de sostener una soga de la que me aferro.
Lo que a veces parece agotado, hoy se despierta con un cuento, con sus textos, o con las charlas en el auto yendo a cualquier lado. Quisiera desmenuzar hojas, exprimirlas, vaciarlas de contenido y ordenar todo otra vez, como un rompecabezas, como piezas listas para ser miradas.
Cada vez que lo tengo enfrente soy como una niña otra vez. Tengo hambre.

viernes, 29 de julio de 2011

Final del juego

Volvíamos llenos de tierra y pelo pegoteado. Yo tenía los cachetes rojos de tanto correr y mirar fijo al sol. Íbamos caminando con los pelos volátiles. Toti y yo atados en una colita que no lograba nunca enderezarse y que se soltaba a medida que dábamos vueltas guardando los chiches y los vasos de plástico.
La tía traía siempre ese termo como barril, abría el pico delicadamente y volcaba agua fresca o jugo, según la suerte del día. Cuando ya lo guardábamos en la bolsa de compras estaba vacío de tanta sed infantil. Los primos eran flaquitos o ocupaban poco espacio. Los Rojitas también, entonces como en las reuniones familiares nos tocaba andar separados de los mayores.
Caminábamos, con el bolsito que mamá había armado, hacia el auto que estaba estacionado en la entrada que daba a Libertador. Nos subíamos al bote-auto del tío, pero a nosotros nos tocaba ir atrás.
Ahí empezaba otra historia. Porque el día de club no era completo si no hacíamos todo lo que se tenía que hacer.
Mirando los cinco para afuera empezábamos a aguzar la vista en la próxima oscuridad de verano. El coche de los primos era enorme, y nosotros íbamos cómodos observando a las personas que emprendían la vuelta de un fin de semana de descanso en el medio del enero caluroso.
El viaje duraba mucho rato y nosotros disfrutábamos. Saludábamos a los que manejaban, a los acompañantes, a los copiones que hacían lo mismo que nosotros. Esperábamos siempre la respuesta entusiasta de los conductores. Entonces, agitaban la mano "Ese es de River seguro", concluíamos moviendo la cabeza. Otros miraban fijo con la cara inmutable.

Nos íbamos hundiendo entre las luces faros y la oscuridad ya metida en la noche.
El cansancio llegaba a nuestras rodillas gastadas y cuando nos recibía la vieja en casa, ni comer podíamos porque solo pensábamos en lo lindo que es meterse en la cama.

miércoles, 20 de julio de 2011

Aprovechando el día...

A los 4 años entré al jardín de un colegio que quedaba a unas pocas cuadras de mi casa.
Me hice de dos amigas y a los 5 se sumó una más.
Me acuerdo de mañanas entre alfajores, gotitas de amor, merengadas, manón, habanitos y polvorita.
Tengo fotos en algunos cajones que hacen de testimonio de años compartidos. Son esos años en los que uno casi que no elige. Se hace amigo, con la fuerza de la inercia, de la piel y del juego.
Recuerdo noches enteras mirando pelis, no queriendo dormirnos para que no nos hagan alguna maldad.
A veces había peleas, lagrimitas escondidas en la escalera del gimnasio y secretos compartidos. También el perdón, la carta del desagravio, la gestión mediadora de las que siempre mirábamos de afuera, porque alguien tenía que tener el rol conciliador y nosotras comprábamos el pack.


Todo cambiaba con los años, y parecía que cada vez estábamos más lejanas. La excusa de la cursada ya no existía y solo nuestras ganas de vernos hacían la diferencia.

Y pareciera que había algo más que el juego y los ratos compartidos en la infancia. Otras cosas, más profundas nos unían. Y aunque una se alejaba, siempre otra tironeaba para que no se vaya del todo.
Van 22 años que comparto cualquier cosa con ustedes. 22 años en los que cada una hizo su camino, abrimos nuestra cabeza a diferentes cosas, empezamos a pensar distinto una de otra, nos hicimos nuevos amigos... Y sin embargo, algo se mantiene, como si fuera un nudo imposible de deshacer.
Cada día me siento más parecida y más distinta a ustedes. Y todo, todo lo que pasa, siento que trasgrede las barreras de lo lógico. Y sin embargo, ahí estamos todas esperando por las demás. Todas viviendo la llegada de Pepa como si fuera una hija con cuatro madres.

Es que hay cosas que no se explican, y son las que hacen más fuerte lo que tenemos.
Gracias lindas...


PD: Este es mi momento cursi, y mi reflexión del día del amigo

lunes, 27 de junio de 2011

Lo inexplicable

No sabría cómo describir mi relación con el fútbol. Cómo lo vivo, cuánto me interesa, cuánto es un poco de mostrarme, de llevar la contra, de compartir con otros.

Hace unos días comentaba que no entendía por qué me ponía a sufrir con River. Si ni siquiera me ponía a ver siempre los partidos, si muchas veces no conozco a los jugadores o no sé con quién juega.
Pero resulta que el club de mi infancia se fue a la Promoción, y como si fuera un enfermo terminal, decidí sentarme al lado, sostener una mano agonizante que ya sabía que no me iba a dar una alegría. A lo sumo alivio, sino tristeza. Despegarme de ese momento me parecía una traición. Una traición a los felices festejos con mi familia, cuando con mis hermanos salíamos a gritar los goles por la ventana para escuchar después el reto de mi vieja. Una traición a las tardes escuchando a papá leer la enciclopedia de la historia del fútbol, o a esas tardes en que estábamos en lo de mis abuelos y en vez de dormir una siesta escuchábamos en la radio el River-Boca solo para llamarlo a mi tío si River marcaba un gol.

La pertenencia a un club es algo elegido, pasajero, de nacimiento, según como cada uno lo mire. Yo creo que tiene que ver con una pertenencia más allá de la elección, más allá de lo que uno quiera... creo que sentirse unido a una institución tiene que ver con la historia familiar, con los recuerdos, con las vivencias desde chico, y ni hablar de las vivencias para aquellos que tienen hijos.

Ayer me puse triste porque uno siempre abriga la esperanza del milagro salvador en el deporte. Y como no llegó, me quedé con el sabor amargo.

No sé qué me pasa con el fútbol, con River... lo que sí sé es que me gustan las anécdotas, las historias que encierra, las reflexiones que deja sobre el hombre y su naturaleza, los milagros que inventa. Sé que se sobredimensiona, sé que no es lo más importante. Pero también sé que une, que socializa hasta al más calladito.
Entonces de vez en cuando, me subo a hablar huevadas sin fundamento, a sentir sin sentido que si pierde mi equipo voy a llorar con ellos.


"...lo que mas sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres, se lo debo al fútbol."

Albert Camus

martes, 7 de junio de 2011

Historias antes de ir a dormir


En las noches de vacaciones porteñas, en el calor de nuestra habitación, mis hermanos y yo dábamos vueltas en la cama sin poder dormirnos. Hablábamos a risotadas no recuerdo de qué cosas; jugábamos, mientras papá y mamá solo querían que nos durmiéramos un ratito.

Yo leía hasta tarde con una lucecita baja cuando se dormían los chicos, cuando ya era más de madrugada que de noche.

Otras veces les leía libros que me regalaba Chichí. Libros que al principio no quería ni ver y después se me volvían imprescindibles.

La historia de Simona, su cuchara y sus travesuras era la favorita y la más requerida.

Me acuerdo del olor de las hojas. De la emoción de sentirme grande leyendo para otros, o de desvelarme hasta tarde por solo terminar el libro.


Ayer me quedé leyendo más que de costumbre, hubiera seguido hasta dormirme entre las páginas. Pero trabajo al día siguiente, y las horas de lectura se me acortan. Ayer me acordé que fui niña. Me acordé de mi descripción bloggística, de esa cosa que tengo con la niñez.

Presiento que detrás de todo eso, hay una flechita que me indica un camino. Mi camino

martes, 31 de mayo de 2011

Expresión de deseo

Si no fuera por la onda que curte Berlusca, me iría al consulado italiano, saco mi nacionalidad tana, me caso con Juan y me lo llevo de prepo a Roma.
Viviríamos como indigentes un par de días. O al revés, gastamos todos nuestros ahorros y después vivimos como indigentes... pero qué lindo sería poder caminar esas callecitas otra vez.
Sentarnos a mirar el foro a oscuras mientras se me cae la mandíbula con las bellezas que nos rodean...

miércoles, 16 de febrero de 2011

Buscalo en Boulogne

Piloto, pilotín.

Blanco, champagne, a cuadros. Opaco.

Piloto mojado y resbaladizo.

Veredas móviles y salpicantes.

Patitas que corren entre la calle y la vereda de una Buenos Aires cansada y gris.

Las manos que hacen señas. Stop!

Las manos que sostienen el cinturón del piloto, pilotín pocas veces mojado.

La baldoza que mancha al piloto que está hecho para eso. Mojarse.

Dedos que buscan las monedas en el bolsillo y finalmente agarran la baranda de la puerta.

Puerta plegadiza y traicionera de un colectivo que vuela en hora pico.

Puerta que se cierra sobre la tela impermeable del cinturón en los dedos.

Colectivo barrilete que se va por Córdoba arrastrando niña y cinturón.

Cinturón que se va. Niña que se queda y tiene que esperar uno nuevo.

Un colectivo y un cinturón.

Garúa finito.

sábado, 25 de diciembre de 2010


Se ve qué la premonición me ganó de mano y escribí de eso que no sabía.
Se ve que uno quiere más de lo que sabe.
Se ve que tu alma cansada de dar vueltas volvió a su casa. A esos brazos que tanto extrañaba.

Hoy mirarás tus frutos. Mirarán lo que construyeron. Y espero que estén felices.
Que se amen tanto como cuando estaban separados.
A nosotros nos quedan sus recuerdos. Sus hermosas historias. Y eso es más que suficiente.

Espero dar en vida tanto como nos diste vos a nosotros.
A tu salud!

lunes, 6 de diciembre de 2010

Lugares donde se pasa la infancia

Cuando éramos chicos pasábamos muchas horas del fin de semana en casa. Durante los días de colegio usurpábamos la casa de Coky, que de tanto tenernos en su hogar, se convirtió un poco en abuela-madre. No pudo oficiar de abuela mimadora. Debíamos ser bastante pesados. Los nenes escudriñaban los rincones, se dormían y babeaban el cuidado sillón. Usaban el teléfono y llamaban a 0-600. Se comían las vainillas a escondidas o le tomábamos el restito del café.

Solíamos pasar la tarde revisando los discos de pasta. Escuchando a cantantes italianos de tiempos remotos, que seguro descansaban bajo tierra. Mi abuela y mi vieja cantaban a viva voz y yo creo recordar que las imitaba.

La luz en esos ambientes era extraña. Una luz amarilla o naranja donde estaba la silla de madera y paja. Las alacenas color verde inglés y los moldecitos de bombones. El resto del color lo aportaba el arroz con leche tantas veces preparado o los yogures naturales que hacía en una maquinola para mí incomprensible. Yogur, hecho con yogur.

Cada tanto preguntábamos por historias lejanas, por fotos amarillentas. Coky, se sentaba a contarme, a sacar más fotos, a tomar un adorno de la repisa y a absorberlo de a poco, encontrando su profunda historia, tan metida en su propio cuerpo. La foto de mi abuelo al sol de Italia. Un hombre inalcanzable, diez metros bajo tierra, diez mil veces amado y llorado y otras veces más, extrañado por mi vieja.

Cuando voy a verla, espero encontrar esas cosas, esos recovecos, esa incomodidad de casa ajena, y la familiaridad de lo conocido.

Me parece escuchar alguna melodía italiana…

miércoles, 1 de julio de 2009

De elecciones familiares

En mi casa la política ha tenido siempre un lugar particular. Mi viejo es de derecha, nacionalista. Mi vieja es híper católica, y quien me niegue que la religión tiene mucho de político, de ideológico, va a tener que replantearse muchas cosas en la vida.
Por muchos años creo no haber escuchado discusiones políticas en casa, pero sinceramente creo que tiene que ver con que era muy pequeña como para recordar alguna de ésas discusiones. Seguro mientras sucedían yo andaba tirándole del pelo a mi hermana o descabezando alguna Barbie.
En algún momento en que los peronistas comían pizza y brindaban con champagne, con mis hermanos hicimos noticieros radiales sobre las elecciones. Leíamos sin entender una palabra lo que decían los diarios. Quiénes se postulaban para las elecciones del 95, de dónde salían y qué proponían.
Cuando fui más grande para comprender que en la política había posiciones diferentes de ver el mundo, que existían partidos y modelos de país contrapuestos, mi viejo a su vez empezó a escribir un libro. Uno que habla sobre ideologías y sobre historias que marcaron a fuego nuestro país. En ésos tiempos mi viejo era lo más grande para mí. Admiraba profundamente su esfuerzo, hoy aún lo sigo haciendo, y aplicaba a todo lo que él pensaba. Él se convirtió durante muchos años en mi modelo para mirar la política, para analizarla. Creo que en ésa época él era un poco más flexible con algunas cosas, no se enojaba tanto y reflexionaba más sobre su posición política. Sin embargo supongo que los años no vienen solos, y cuando vio que no pasaba nada de lo que esperaba que suceda en nuestro país, la desazón le ganó a la fuerza para invertir el panorama y se volvió muy cabeza dura y sobre todo rezongón.
Hoy ya no escucho los mismos argumentos que con mi viejo. He escuchado de muchas bocas, muchas cosas diferentes. Me han bombardeado con discursos políticos, ideológicos, y yo fui formando una mezcla entre lo que mamé en mi casa y lo que fui escuchando en la vida, en la facu, en mis elecciones de lectura. No sé si estar orgullosa o no de lo que pienso, pero realmente es mi manera de ver la vida, que inevitablemente está atravesada por la política, nos guste o no. Nos rompa las pelotas o nos chupe un huevo.
A mi me jode terriblemente sentir que hoy no puedo hablar de política con mi viejo como antes lo hacía, solo porque muchas cosas han cambiado en mi cabecita, y ya no soy un espejo de él. Sin embargo, cuando éste domingo me pude sentar con mi hermano, y charlar sobre las elecciones, sobre proyectos, sobre qué queremos del mundo, sobre las opiniones de nuestros papás, creo sinceramente que detrás de tanta testarudez nacionalista, mi viejo hizo algo bueno. Muy bueno.
Porque con todas las diferencias que me separan de los demás, yo logré interesarme por lo que pasa en los recintos de Gobierno, por lo que pasa detrás de la burocracia, por todo lo que hay detrás de las intenciones de algunos que se postulan de amarillo o de rojo. Y porque todo eso es consecuencia de mis papás, piense o no igual que ellos. Se los pueda decir o no.
Y por eso es que hoy me indigno y me deprimo al ver ciertos resultados. Al escuchar como los medios hablan de ciertas cosas. Al ver como recortan y leen como se les canta, la realidad de un país que cada vez pareciera dividirse y desarmarse más frente a los peores buitres que ya lo atacaron.
Y por eso hoy pienso en hacer algo, en mover las ideas, en renovarlas. Porque mis viejos no fueron indiferentes frente a lo cotidiano, porque intentan pensar más allá de las imágenes vacías que nos llegan. Porque, para problema de ellos, me enseñaron a pelearles cada charla, y a creer que cuando de política se trata no todo lo que brilla es oro.

viernes, 12 de diciembre de 2008

Parecido a ésa canción de Silvio

La fuente se estrellaba contra la pared y los pedazos hablaban de una historia fuera de esa cocina. Sin las flores y el rosa de la porcelana rota.
El enojo le salía por las uñas. Él la miraba con ojos desorbitados que parecían leer el por qué. Pisaba fuerte, miraba duro y hería con las palabras, pero aún más con sus silencios.

Dejaban al desnudo una vida construida con retazos, entre barrotes. Una vida que nada tenía de vivir, más que las pulguitas que miraban la escena desde las butacas del teatro.

En el piso, los añicos de relatos antes de dormir, de fábulas de princesas y príncipes destronados. De historias donde las fuentes no se estrellan contra las paredes y donde el “Happily ever after” es moneda corriente. Hasta que se choca con la realidad.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Choices

Cuando estaba en primaria, y hacía cosas de niña, solía escuchar la radio con mi vieja.
Los fines de semana había programas para chicos en Continental. Yo participaba llamando como señora desesperada a Susana Gimenez.

Había acertijos, preguntas, concursos de llamados y demás desafíos para nenes de mi edad. El problema es que yo llamaba como una condenada, todos los sábados a la mañana. Me costaba un montón comunicarme antes que alguien se hubiera ganado el premio. Siempre me tocaba el consuelo. El que conseguía yo, generalmente era un diccionario Larousse escolar. Una reverenda porquería. Es más, hace un tiempo regalé un montón de esos.

Pero una mañana iluminada, mi llamado llegó antes que otros. Ya ni me acuerdo qué contesté. Tampoco me acuerdo si mi vieja contestaba por mí la pregunta… solo me acuerdo que gané.
Era un día glorioso. Me había ganado una visita guiada al zoológico con mis hermanos y mi mamá, pero un lunes, los días en que el zoológico estaba cerrado. Los animales eran todos para mí. Les podía dar de comer hasta cansarme. Y acariciarlos con la guía de un cuidador. A esa altura de mi vida, era uno de los mejores regalos que me podrían haber tocado.

Sin embargo… el día pautado para la visita se superpuso con mi audición para el coro del colegio. Yo tenía 9 años, estaba en 4º grado, y no había nada en el mundo que deseara más que cantar en el coro, que me seleccionaran.
Si me preguntan por qué tanto ensañamiento con la música, la verdad que no tengo una respuesta. Nadie era músico en mi familia. Pero todos cantábamos en la ducha. Y mi viejo era un buen improvisador de canciones con groserías.

Tantas ganas tenía de sobresalir en la audición (estaba segura de quedar), que dejé de lado el único premio que había ganado en las largas mañanas de llamados.
Efectivamente quedé en el coro. Eso me bastaba para sonreír de oreja a oreja.
Pero lamentablemente llegaron mis hermanos, mi primo y mi mamá, quienes no habían dejado de ir al zoológico por mí baja, desencajados de la emoción por la visita exclusiva que habían vivido.
Obviamente me bajaron la sonrisa de un hondazo.
Calladita la boca, me senté a cenar un rico puchero con ceño fruncido.

Seguí llamando a los programas de radio. Y junté una hermosa colección de diccionarios.

lunes, 4 de agosto de 2008

Pobre cochino interior...

- Sos celíaca

ZAS! Se me cayó el mundo abajo…

Hacía meses que venía rastreando qué me pasaba en el cuerpo. En la carnita, en la panza sobretodo. Las soluciones ni siquiera eran temporarias y los dolores (que ya francamente me rompían las bolas) no pararon por más medicación que me dieron.

El problema fue cuando Lolo y Vir especularon con mi diagnóstico.
- Naaaaaahhh!! No creo que sea eso… Si no tengo antecedentes familiares.

Pensaba en las facturas, tortas rellenas y pastas consumidas durante tantos años, y en la remota posibilidad de no volver a probarlas nunca más. Se me hacía un nudo en el estómago de solo pensarlo.

Después de semanas y semanas de mal humor constante, quejas y peleas con el que se me cruzara, el diagnóstico de mi gastroenterólogo fue fulminante.

- Sos celíaca.
A esa altura ya había digerido la posibilidad de no saborear nunca más una cerveza helada, o de no poder comer los tallarines caseros que hace mi abuela.

Por esa razón, la misma tarde del anuncio, una horita antes de verle la cara al señor que iba a cambiar mi “buen comer”, me senté en el café Martínez de Charcas y miré a los ojos al mozo:

- Una porción de torta brownie
- Con café?
- Un cortadito, y que la porción sea bien GRANDE
- Bueno… (gesto de que no duda de que soy un cerdo)

Saboreé esa porción como el último bocado de un preso. Nada me podía arruinar el momento.
Dejé la plata en la mesita del café y me dirigí decidida al consultorio y a una nueva vida en la que de ahora en más las tortas brownies las iba a tener que hacer yo.

jueves, 29 de mayo de 2008

Aquí están mis credenciales

De chiquita no lograba congeniar con mi nombre.
Me molestaba sobremanera que significara lo que significa:

Soledad

- Qué aburrido! – me decía
- Soledad está sola – se reían

Más de una vez quería cambiar a Florencia, a Luciana, a alguno insignificante.
Mi viejo, con la tele enfrente y los ravioles en el plato, me jodía con Soledad Dolores Solari. Ese personaje patético de Gasalla.
Entonces me enojaba, mi papá me daba un abrazo y me iba al cuarto en pleno puchero.
Y yo prometía no terminar con el pelo llovido, con una cartera en la mano, y menos que menos con esos guantes blancos, que daban la sensación de ser recortados de un mantel de mi abuela.

De más grande comencé a tomarle cariño.
Empecé a escuchar otras canciones

Un Sabina.
Un Drexler.
Un Sanz.
Un Calamaro

Y leía mi nombre.
Era compañera. Esa Soledad, hacía compañía.
Y me gustó.
Y me amigué. De a poco me acerqué a su raíz.

Más que nada disfruté de escucharme en una canción. De verme en un poema.
Aunque no fuera para mí. Aunque fuera para esa Soledad que primero había rechazado.

Y hace unos días. En un teatro como boca de dinosaurio, volví a escucharme en los labios dulces de un hombre. Y volví a tomarle el gustito. A sentir que estar en soledad no siempre es estar solo.


Y que mi propia compañía hoy, me ayuda a redescubrirme.

viernes, 25 de abril de 2008

Entrecopas

Una cervecita y algunas cosas para contar siempre siempre son buenas excusas para juntarse con amigas.
Y a veces uno termina hablando de cualquier boludez... o de cosas realmente importantes.
Ayer mientras masticaba una galletita y el vaso de cerveza se calentaba en la mano de Sol, yo hablaba y recordaba historias que nunca viví.
Les conté de mis abuelos. De sus historias de película. De sus historias de amor.
Ahí. En un simple relato, me dí cuenta.
Me di cuenta de las ganas ocultas que podemos tener de vivir amores de cuento. Amores literarios.
Yo me imagino en un futuro a un hombre.
Uno que agarra un libro de su biblioteca. Que luego de terminar de leer el cuento tiene los ojos llorosos, y reconoce en lo leido una historia digna de ser recordada.
Me imagino que esa historia es parte de la mía. Sueño que, de alguna manera, yo sea capaz de generar esos cuentos que conmueven. Sueño con conmover el alma de un hombre.


Pero la lucidez se va pronto... tanto como los litros de cerveza y las risas en compañía.
Entonces me olvido en lo que pensé. Me pierdo en la charla.
Ahora sentada frente a la compu, me acuerdo de una frase que mi abuela me decía:

"Romántica loca... De todo te olvidas, cabeza de novia"

viernes, 18 de enero de 2008

Ese triste diciembre

El silencio de su boca me hacía callar.
Las lágrimas que le caían me llevaban a rodearlo con mis brazos.
Fuerte, bien fuerte lo abrazaba. Para que todas esas lágrimas salieran. Y no volvieran más.
Rodaban y caían.

Y cuando el silencio ponía stop, la piel se me ponía de gallina.
Las imágenes eran dolorosas. Para mí y para él.
Y el sabor salado de su boca me consolaba.
Cerraba nuestra herida.
El sol nos pegaba en la cara. De lleno.
Como una piña en medio de la nariz.
Pero yo no lo soltaba.
Ya nunca más lo iba a soltar.

jueves, 17 de enero de 2008

Perdido

Una góndola en un supermercado repleta de jabones en polvo.
Un regalo escondido en uno de sus pisos.
Una niña que juega a las escondidas con sus hermanos, detrás de estantes y pilas de latas de conserva.


En una de las tantas corridas, la niña se esconde detrás de una columna que está, por una de esas casualidades de la vida, junto a la góndola. Sus ojos de un lado para el otro buscan al enanito-hermano que la persigue.
Mira para la izquierda. A la derecha. Y luego hacia la fila de cajas.
Sin querer su vista se topa con una nariz acolchonada.
Entre tanto olor a limpieza ve asomarse entre los paquetes y cajas de jabón un perrito.

Chiquito.
Que cabe todo en una mano.
Con orejas y nariz negras.

El resto, blanco.
Resalta en el cuello una cintita roja de la que cuelga un papel.
La niña con debilidad por los peluches se abalanza sobre él y se lo lleva de su guarida. Con ojos brillosos por la sorpresa, lee el mensaje.


Es uno de amor. De un chico que pide perdón en dos palabras.


Se lo lleva titubeando. Con cierta culpa por el “robo”. Y piensa a quién habrá dejado sin un beso de reconciliación.



Mientras, en algún rinconcito de Buenos Aires, unos ojos no se despegan del teléfono.

miércoles, 12 de diciembre de 2007

En Villa Celina

Salía al balcón con su joggineta. Con el mate cocido en mano y la silla-cuasi-reposera esperándolo para retozar.
Me sacaba a pasear. Solo en su casa yo tenía un triciclo, y amaba muy fuertemente pasar el fin de semana con él, y también con ella. Las comidas hechas por su esposa eran las más ricas. Todas especialmente para Sole.
Cuando iba a su casa me esperaba el banquito naranja de Twitty. Sentada allí me contaba cosas. Jugaba conmigo, o simplemente me decía algunas groserías que me hacían reir.
Todavía me acuerdo cuando Perri me mordió. Fue en el dedo. Yo veía en mi mano un cráter, y en realidad era una lastimadura del tamaño de un granito de arena. Me puso colonia (porque tenía alcohol) y me desinfectó. Obviamente que algunas lagrimitas se escurrieron.
Lo que más me gustaba era despertarme en el living y ver que estaba desayunando en la cocina.

Estaban los dos, mi abuela y mi abuelo, “Chichí” y “El abuelo” como les decía yo. Escuchaban unos tangos, tomaban unos mates y mi abuelo le decía Minnie, y la abrazaba, y le daba un beso en el cachete.
Extraño esos momentos. En que casi desde el suelo observaba lo que es el amor más allá de las canas, de los años, de los hijos, más allá de todo.
Extraño sus puteadas contra el auto, su vinito en jarra en la mesa, su panza de abuelo, sus risas. Sobretodo sus risas.

Pero lo que más me duele hoy es irme de la que una vez fue su casa. Mirar al balcón y que no haya dos. Que la manito que me saluda sea la de mi abuela, y que le falte su compañera.
Lo que una vez se quiso nunca se olvida… por eso hoy me acuerdo de vos y siento como si aún me hicieras gestos desde aquel balcón.

Por esos días.

Salú