Si me siento a escuchar cada cosa que dicen, seguro me desilusiono. En el laburo todo es un va-viene constante. No dicen nada nuevo, ni nada viejo. Y repiten con fuerza palabras que no me generan nada.
Yo ando esperando encontrar una palabra suelta entre tanto argumento numérico, entre tanto nombre importado y siglas que no entiendo.
Tengo cosas en la cabeza, pero ninguna me parece relevante. Me escucho hablando hace unos días. Esperanzándome con algunas charlas, pero no puedo encontrar un punto de unión para todo.
Entonces me pongo más en silencio. Y escucho y pienso que todos dicen boludeces. Que nadie ayuda a ordenarme la cabeza. Y que todos, seguro que todos exageran lo que les pasa igual que yo.
jueves, 4 de junio de 2009
jueves, 28 de mayo de 2009
Chan Chan

Hubo un momento en que mi eje se descentró. Alinear mi cabeza costó un poco más de lo que pensé.
No sabía pisar en aquel suelo, ni tenía idea como entonar la voz en aquel paisaje.
Llegar a Buenos Aires me trajo devuelta al frío inesperado, a los brazos de mi vieja que tanto me ubican. A las risas y guiños cómplices con mis hermanos. A la charla diferente con mi papá.
Mis pies, todavía porteños, se asentaron devuelta, respiraron con tranquilidad y se acomodaron a las sólidas veredas del microcentro.
Mientras tanto mis manos se niegan a tocar el teclado. Sienten la arena. Huelen un pedacito de ananá, o una rodajita de banana frita.
Mis oídos no dejan de escuchar ésa música que me hizo saltar tímidas lágrimas, que me dieron ganas de hacerme esconder en tu remera. Escuchan a Chan Chan todo el tiempo, y se acompañan en un paso corto con mis labios que balbucean todo el tiempo tonadas que no me pertenecen, pero que hoy son más mías que de los cubanos.
Nostalgia de eso que nunca tuve… que solo pedí prestado.
No sabía pisar en aquel suelo, ni tenía idea como entonar la voz en aquel paisaje.
Llegar a Buenos Aires me trajo devuelta al frío inesperado, a los brazos de mi vieja que tanto me ubican. A las risas y guiños cómplices con mis hermanos. A la charla diferente con mi papá.
Mis pies, todavía porteños, se asentaron devuelta, respiraron con tranquilidad y se acomodaron a las sólidas veredas del microcentro.
Mientras tanto mis manos se niegan a tocar el teclado. Sienten la arena. Huelen un pedacito de ananá, o una rodajita de banana frita.
Mis oídos no dejan de escuchar ésa música que me hizo saltar tímidas lágrimas, que me dieron ganas de hacerme esconder en tu remera. Escuchan a Chan Chan todo el tiempo, y se acompañan en un paso corto con mis labios que balbucean todo el tiempo tonadas que no me pertenecen, pero que hoy son más mías que de los cubanos.
Nostalgia de eso que nunca tuve… que solo pedí prestado.
lunes, 2 de marzo de 2009
Media estadía
Pum pum me hacía detrás del vidrio.
Pum que bajara la ventanilla
Bang ya la había bajado.
La borrachera lo tenía a mal traer, y para no contrariarlo simulamos que nos mataba.
Un poco más calmado balbuceó cosas que no entendí. Igual me bajé del auto imaginando que soplaba el tubito de alcoholemia.
Pum pum Seguro lo multaban si manejaba.
Bang bang se desplomó en el escritorio que hacía las veces de mostrador.
Puff… el olor a garage.
Nosotros nos fuimos. La puerta quedó entreabierta y por el resquicio, se metió la desgracia. Una que hablaba con acento porteño, con acento de barrio. Con olor a miedo.
Escuchó un ruido y se despertó.
- Qué pasa?
Lo sorprendió una cara desconocida y sin auto por estacionar.
Bang bang estás liquidado
viernes, 30 de enero de 2009
Mis similitudes con Felipe

Ayer aprendí una nueva palabra:
PROCRASTINACION
Según parece yo soy una (quelargo) procrastinadora...
Suena complicado... suena terrible... hasta enfermo...
pero no lo es tanto... A causa de ello parece que estoy enemistada con un refrán popular que habla de algo de dejar para mañana... no quiero recordarlo ja!
Lo único bueno de ser así es que mi procrastinación ha logrado que me salgan unas galletitas estilo pepas de membrillo para chuparse los dedos...
Dios bendiga el psicoanálisis!
viernes, 12 de diciembre de 2008
Parecido a ésa canción de Silvio
La fuente se estrellaba contra la pared y los pedazos hablaban de una historia fuera de esa cocina. Sin las flores y el rosa de la porcelana rota.
El enojo le salía por las uñas. Él la miraba con ojos desorbitados que parecían leer el por qué. Pisaba fuerte, miraba duro y hería con las palabras, pero aún más con sus silencios.
Dejaban al desnudo una vida construida con retazos, entre barrotes. Una vida que nada tenía de vivir, más que las pulguitas que miraban la escena desde las butacas del teatro.
En el piso, los añicos de relatos antes de dormir, de fábulas de princesas y príncipes destronados. De historias donde las fuentes no se estrellan contra las paredes y donde el “Happily ever after” es moneda corriente. Hasta que se choca con la realidad.
El enojo le salía por las uñas. Él la miraba con ojos desorbitados que parecían leer el por qué. Pisaba fuerte, miraba duro y hería con las palabras, pero aún más con sus silencios.
Dejaban al desnudo una vida construida con retazos, entre barrotes. Una vida que nada tenía de vivir, más que las pulguitas que miraban la escena desde las butacas del teatro.
En el piso, los añicos de relatos antes de dormir, de fábulas de princesas y príncipes destronados. De historias donde las fuentes no se estrellan contra las paredes y donde el “Happily ever after” es moneda corriente. Hasta que se choca con la realidad.
viernes, 21 de noviembre de 2008
Vagando por las calles
Hay días en que salir a la calle, pisar la vereda y dejarse llevar por el liviano olorcito de los árboles te deposita en un parque. Y en esa pausa, entre el quilombo de los autos y el quilombo en la cabeza, se ve la puntita de algo que se llama felicidad. Algo que es más sencillo de lo que parece.
Entonces pienso qué deseo hacer y qué hago...
Me siento en la plaza, sin importarme cuánto se manche mi pollera
Miro el lila del jacarandá, casi pelado de hojas, pero florecido hasta las puntas
Siento un inexplicable rocío vespertino
Me río del movimiento de la cola de los patos
Muero del calor por el sol en la cara y los pelos revueltos
Me hago la poeta bohemia en la plaza
Armo un inventario involuntario cada vez que escribo
Observo la nuca transpirada de un nene que no para de correr
Y siento que hay ciertas cosas que tiene su propio destino: los nombres, sus adjetivos, la manera en que se unen.
La felicidad repentina aparece al finalizar ciertos caminos. Caminos que no llevan a Roma, pero que sí me depositan en la almohada aplastada de mi cama, en donde puedo soñar hasta volver a despertar.
Entonces pienso qué deseo hacer y qué hago...
Me siento en la plaza, sin importarme cuánto se manche mi pollera
Miro el lila del jacarandá, casi pelado de hojas, pero florecido hasta las puntas
Siento un inexplicable rocío vespertino
Me río del movimiento de la cola de los patos
Muero del calor por el sol en la cara y los pelos revueltos
Me hago la poeta bohemia en la plaza
Armo un inventario involuntario cada vez que escribo
Observo la nuca transpirada de un nene que no para de correr
Y siento que hay ciertas cosas que tiene su propio destino: los nombres, sus adjetivos, la manera en que se unen.
La felicidad repentina aparece al finalizar ciertos caminos. Caminos que no llevan a Roma, pero que sí me depositan en la almohada aplastada de mi cama, en donde puedo soñar hasta volver a despertar.
lunes, 3 de noviembre de 2008
Primer encuentro
La noche cargada de alcohol, dejaba al sí mal parado. Era una decisión difícil porque la incertidumbre no la dejaba ver.
Ella estaba sentada en una cama dejada por casualidad. Él se acercaba con miedo, con dudas y sin promesas bajo el brazo.
Sus uñas golpeteaban contra el colchón esperando que las burbujas dejaran de hacer efecto. Esperando no mirarlo como lo hacía. Esperando que todas las ilusiones permanecieran allí, en el rincón entre el silloncito y el equipo de música.
Sin embargo nada salió como debía, nada fue esperado. Dijo que sí y todo fue confuso.
Roces y huecos.
Besos y humedad.
Temblor y miradas fijas.
Un poco agridulce.
Y al final lo mejor. El sueño, el abrazo. Dormir en el arco perfecto que hacía su mano y su pecho.
Temblor y miradas fijas.
Un poco agridulce.
Y al final lo mejor. El sueño, el abrazo. Dormir en el arco perfecto que hacía su mano y su pecho.
jueves, 16 de octubre de 2008
Pausa
De vez en cuando se las toma...
Un poco de aire fresco y acentos raros le vienen bien
Mientras tanto, la taza de café espera,
con la cucharita pegoteada de azúcar
y la aureola del jarrito en la mesa.
El puré sin pisar se enfría sin apuros.
El ritual del abrazo queda en standby.
Subo la escalera y espero que me sorprenda,
pero los días todavía no pasaron.
Ocupo su lugar con suricatas y tigres,
con la narrativa diaria.
Después limpio la tacita y piso el puré.
Su voz me hace eco en cada palabra.
No pasa nada, me digo...
Los abrazos pueden esperar
hasta la hora en que su avión vuelva a aterrizar.
Un poco de aire fresco y acentos raros le vienen bien
Mientras tanto, la taza de café espera,
con la cucharita pegoteada de azúcar
y la aureola del jarrito en la mesa.
El puré sin pisar se enfría sin apuros.
El ritual del abrazo queda en standby.
Subo la escalera y espero que me sorprenda,
pero los días todavía no pasaron.
Ocupo su lugar con suricatas y tigres,
con la narrativa diaria.
Después limpio la tacita y piso el puré.
Su voz me hace eco en cada palabra.
No pasa nada, me digo...
Los abrazos pueden esperar
hasta la hora en que su avión vuelva a aterrizar.
miércoles, 8 de octubre de 2008
De rebusques
Y cada vez que pienso que comprendo,
que encuentro una vuelta a esas palabras
Me vuelvo a chocar con una X, con la Z, con un signo de pregunta
Releer o encontrar el papel no me cambia la perspectiva.
Perdida en el abecedario vuelvo a interpretar lo que yo quiero
Hasta que alguien corre la cortina y entiendo.
Aunque si no pasara… seguiría colgada en mi nube.
viernes, 26 de septiembre de 2008
Choices
Cuando estaba en primaria, y hacía cosas de niña, solía escuchar la radio con mi vieja.
Los fines de semana había programas para chicos en Continental. Yo participaba llamando como señora desesperada a Susana Gimenez.
Había acertijos, preguntas, concursos de llamados y demás desafíos para nenes de mi edad. El problema es que yo llamaba como una condenada, todos los sábados a la mañana. Me costaba un montón comunicarme antes que alguien se hubiera ganado el premio. Siempre me tocaba el consuelo. El que conseguía yo, generalmente era un diccionario Larousse escolar. Una reverenda porquería. Es más, hace un tiempo regalé un montón de esos.
Pero una mañana iluminada, mi llamado llegó antes que otros. Ya ni me acuerdo qué contesté. Tampoco me acuerdo si mi vieja contestaba por mí la pregunta… solo me acuerdo que gané.
Era un día glorioso. Me había ganado una visita guiada al zoológico con mis hermanos y mi mamá, pero un lunes, los días en que el zoológico estaba cerrado. Los animales eran todos para mí. Les podía dar de comer hasta cansarme. Y acariciarlos con la guía de un cuidador. A esa altura de mi vida, era uno de los mejores regalos que me podrían haber tocado.
Sin embargo… el día pautado para la visita se superpuso con mi audición para el coro del colegio. Yo tenía 9 años, estaba en 4º grado, y no había nada en el mundo que deseara más que cantar en el coro, que me seleccionaran.
Si me preguntan por qué tanto ensañamiento con la música, la verdad que no tengo una respuesta. Nadie era músico en mi familia. Pero todos cantábamos en la ducha. Y mi viejo era un buen improvisador de canciones con groserías.
Tantas ganas tenía de sobresalir en la audición (estaba segura de quedar), que dejé de lado el único premio que había ganado en las largas mañanas de llamados.
Efectivamente quedé en el coro. Eso me bastaba para sonreír de oreja a oreja.
Pero lamentablemente llegaron mis hermanos, mi primo y mi mamá, quienes no habían dejado de ir al zoológico por mí baja, desencajados de la emoción por la visita exclusiva que habían vivido.
Obviamente me bajaron la sonrisa de un hondazo.
Calladita la boca, me senté a cenar un rico puchero con ceño fruncido.
Seguí llamando a los programas de radio. Y junté una hermosa colección de diccionarios.
Los fines de semana había programas para chicos en Continental. Yo participaba llamando como señora desesperada a Susana Gimenez.
Había acertijos, preguntas, concursos de llamados y demás desafíos para nenes de mi edad. El problema es que yo llamaba como una condenada, todos los sábados a la mañana. Me costaba un montón comunicarme antes que alguien se hubiera ganado el premio. Siempre me tocaba el consuelo. El que conseguía yo, generalmente era un diccionario Larousse escolar. Una reverenda porquería. Es más, hace un tiempo regalé un montón de esos.
Pero una mañana iluminada, mi llamado llegó antes que otros. Ya ni me acuerdo qué contesté. Tampoco me acuerdo si mi vieja contestaba por mí la pregunta… solo me acuerdo que gané.
Era un día glorioso. Me había ganado una visita guiada al zoológico con mis hermanos y mi mamá, pero un lunes, los días en que el zoológico estaba cerrado. Los animales eran todos para mí. Les podía dar de comer hasta cansarme. Y acariciarlos con la guía de un cuidador. A esa altura de mi vida, era uno de los mejores regalos que me podrían haber tocado.
Sin embargo… el día pautado para la visita se superpuso con mi audición para el coro del colegio. Yo tenía 9 años, estaba en 4º grado, y no había nada en el mundo que deseara más que cantar en el coro, que me seleccionaran.
Si me preguntan por qué tanto ensañamiento con la música, la verdad que no tengo una respuesta. Nadie era músico en mi familia. Pero todos cantábamos en la ducha. Y mi viejo era un buen improvisador de canciones con groserías.
Tantas ganas tenía de sobresalir en la audición (estaba segura de quedar), que dejé de lado el único premio que había ganado en las largas mañanas de llamados.
Efectivamente quedé en el coro. Eso me bastaba para sonreír de oreja a oreja.
Pero lamentablemente llegaron mis hermanos, mi primo y mi mamá, quienes no habían dejado de ir al zoológico por mí baja, desencajados de la emoción por la visita exclusiva que habían vivido.
Obviamente me bajaron la sonrisa de un hondazo.
Calladita la boca, me senté a cenar un rico puchero con ceño fruncido.
Seguí llamando a los programas de radio. Y junté una hermosa colección de diccionarios.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)