El está sentado en su silla. Grandilocuente, enorme, charlatán por donde se lo mire. Todo un vendehumo.
Les habla y todos se ríen de lo que dice. Una risa cómplice. Ellos arquean sus manos y chocan sus dedos, mientras les cuenta el plan.
Es una idea brillante. Invierten la plata. Pero en realidad se la comen. Se la sacan de las manos a los nenes de pancita hinchada.
Miles y millones de pesos que planea tirar al techo en una gran campaña.
Se siente grande. Se siente importante. Eso es lo que siempre le interesó. Montarse en otro. Cagarse en el otro.
Vuelve a sus dos paredes a escribir un gran discurso. Esos discursos de demagogos. Esos discursos que nunca dan de comer más que un choripan. Y se siente crecer.
Se ensancha.
Engorda.
Se hincha más de lo esperado.
Es el ego.
El del piojo resucitado.
La garganta se le dilata.
Sus manos son dos globos.
Ya no puede respirar.
Los ojos se le salen de las órbitas.
Explota.
jueves, 13 de marzo de 2008
viernes, 29 de febrero de 2008
Espectador
Esa loca necesidad de hacer algo para ser visto.
Y ayer saltaban por la calle.
Señores y señoras vestidos de galera.
Frac semicómico. Purpurina transpirada.
Los cuerpos cansados del ajetreo.
Y sin embargo, dejaban ver solo caras sonrientes.
Una patada y al piso. Y vuelta a hacer equilibrio.
La noche tapada no daba respiro.
La nieve mucho menos. Me tapaba el ojo.
Qué soplamoco!
Rimas, leyendas y burlas perdidas a oligarcas que mutaron.
Los chamamés animaban la noche.
Provocaban ese inevitable movimiento de la patita.
Los gritos alentaban a las palmas.
La gente se había disipado.
Solo quedaron los ecos de una costumbre no por todos comprendida.
De otro tiempo y otra realidad.
Y ayer saltaban por la calle.
Señores y señoras vestidos de galera.
Frac semicómico. Purpurina transpirada.
Los cuerpos cansados del ajetreo.
Y sin embargo, dejaban ver solo caras sonrientes.
Una patada y al piso. Y vuelta a hacer equilibrio.
La noche tapada no daba respiro.
La nieve mucho menos. Me tapaba el ojo.
Qué soplamoco!
Rimas, leyendas y burlas perdidas a oligarcas que mutaron.
Los chamamés animaban la noche.
Provocaban ese inevitable movimiento de la patita.
Los gritos alentaban a las palmas.
La gente se había disipado.
Solo quedaron los ecos de una costumbre no por todos comprendida.
De otro tiempo y otra realidad.
viernes, 22 de febrero de 2008
Postal
El agua caliente y la boca.
La boca a través de la bombilla.
El sabor metálico y la quemazón del agua en la lengua.
El repiqueteo en el ventanal.
El viento porteño pegando en los pisos altos de los rascacielos citadinos.
La lluvia y el mate se complementan de una manera especial.

Y el cursor que espera que escriba algo más.
That’s all
La boca a través de la bombilla.
El sabor metálico y la quemazón del agua en la lengua.
El repiqueteo en el ventanal.
El viento porteño pegando en los pisos altos de los rascacielos citadinos.
La lluvia y el mate se complementan de una manera especial.

Y el cursor que espera que escriba algo más.
That’s all
viernes, 8 de febrero de 2008
El primer trabajador
Lleno de papeles el escritorio. Se asoman detrás de ellos sus ojos claros.
Mejillas sonrojadas y arrugas tensas en la frente.
Todo el día va de acá para allá.
Vuela sobre expedientes.
Pincela con la birome.
De vez en cuando hay remansos. La calma antes de la tempestad.
Y otra vez vuelta a correr.
Y a mirarlo como un partido de ping pong.
Con andar de pasos agigantados y un cigarrillo en la boca, recorre la oficina.
Se para. Da una bocanada de tabaco. Y me mira. Fijo.
Piensa. O eso creo.
Y vuelve a arrancar sin decir nada. Como los muñequitos a cuerda.
Como los conejitos de duracell. Con pilas hasta la noche. Y con cansancio refugiado en los ojos.
A veces me detengo y lo miro incrédula. Pienso cuanto puede valer estar así, y dejar de lado tantas cosas.
En esos momentos lo admiro y me apeno por él.
Después, en los momentos en que me quiero ir a mi casa, vuelve a ser mi jefe.
Mejillas sonrojadas y arrugas tensas en la frente.
Todo el día va de acá para allá.
Vuela sobre expedientes.
Pincela con la birome.
De vez en cuando hay remansos. La calma antes de la tempestad.
Y otra vez vuelta a correr.
Y a mirarlo como un partido de ping pong.
Con andar de pasos agigantados y un cigarrillo en la boca, recorre la oficina.
Se para. Da una bocanada de tabaco. Y me mira. Fijo.
Piensa. O eso creo.
Y vuelve a arrancar sin decir nada. Como los muñequitos a cuerda.
Como los conejitos de duracell. Con pilas hasta la noche. Y con cansancio refugiado en los ojos.
A veces me detengo y lo miro incrédula. Pienso cuanto puede valer estar así, y dejar de lado tantas cosas.
En esos momentos lo admiro y me apeno por él.
Después, en los momentos en que me quiero ir a mi casa, vuelve a ser mi jefe.
viernes, 18 de enero de 2008
Ese triste diciembre
El silencio de su boca me hacía callar.
Las lágrimas que le caían me llevaban a rodearlo con mis brazos.
Fuerte, bien fuerte lo abrazaba. Para que todas esas lágrimas salieran. Y no volvieran más.
Rodaban y caían.
Y cuando el silencio ponía stop, la piel se me ponía de gallina.
Las imágenes eran dolorosas. Para mí y para él.
Y el sabor salado de su boca me consolaba.
Cerraba nuestra herida.
El sol nos pegaba en la cara. De lleno.
Como una piña en medio de la nariz.
Pero yo no lo soltaba.
Ya nunca más lo iba a soltar.
Las lágrimas que le caían me llevaban a rodearlo con mis brazos.
Fuerte, bien fuerte lo abrazaba. Para que todas esas lágrimas salieran. Y no volvieran más.
Rodaban y caían.
Y cuando el silencio ponía stop, la piel se me ponía de gallina.
Las imágenes eran dolorosas. Para mí y para él.
Y el sabor salado de su boca me consolaba.
Cerraba nuestra herida.
El sol nos pegaba en la cara. De lleno.
Como una piña en medio de la nariz.
Pero yo no lo soltaba.
Ya nunca más lo iba a soltar.
jueves, 17 de enero de 2008
Perdido
Una góndola en un supermercado repleta de jabones en polvo.
Un regalo escondido en uno de sus pisos.
Una niña que juega a las escondidas con sus hermanos, detrás de estantes y pilas de latas de conserva.
En una de las tantas corridas, la niña se esconde detrás de una columna que está, por una de esas casualidades de la vida, junto a la góndola. Sus ojos de un lado para el otro buscan al enanito-hermano que la persigue.
Mira para la izquierda. A la derecha. Y luego hacia la fila de cajas.
Sin querer su vista se topa con una nariz acolchonada.
Entre tanto olor a limpieza ve asomarse entre los paquetes y cajas de jabón un perrito.
Chiquito.
Que cabe todo en una mano.
Con orejas y nariz negras.
El resto, blanco.
Resalta en el cuello una cintita roja de la que cuelga un papel.
La niña con debilidad por los peluches se abalanza sobre él y se lo lleva de su guarida. Con ojos brillosos por la sorpresa, lee el mensaje.
Es uno de amor. De un chico que pide perdón en dos palabras.
Se lo lleva titubeando. Con cierta culpa por el “robo”. Y piensa a quién habrá dejado sin un beso de reconciliación.
Mientras, en algún rinconcito de Buenos Aires, unos ojos no se despegan del teléfono.
Un regalo escondido en uno de sus pisos.
Una niña que juega a las escondidas con sus hermanos, detrás de estantes y pilas de latas de conserva.
En una de las tantas corridas, la niña se esconde detrás de una columna que está, por una de esas casualidades de la vida, junto a la góndola. Sus ojos de un lado para el otro buscan al enanito-hermano que la persigue.
Mira para la izquierda. A la derecha. Y luego hacia la fila de cajas.
Sin querer su vista se topa con una nariz acolchonada.
Entre tanto olor a limpieza ve asomarse entre los paquetes y cajas de jabón un perrito.
Chiquito.
Que cabe todo en una mano.
Con orejas y nariz negras.
El resto, blanco.
Resalta en el cuello una cintita roja de la que cuelga un papel.
La niña con debilidad por los peluches se abalanza sobre él y se lo lleva de su guarida. Con ojos brillosos por la sorpresa, lee el mensaje.
Es uno de amor. De un chico que pide perdón en dos palabras.
Se lo lleva titubeando. Con cierta culpa por el “robo”. Y piensa a quién habrá dejado sin un beso de reconciliación.
Mientras, en algún rinconcito de Buenos Aires, unos ojos no se despegan del teléfono.
jueves, 27 de diciembre de 2007
Equilibrio
Caminando pacientemente por una callecita de Buenos Aires, va la niña con su bolsa de comida.
“mmmmm… manzana, pancitos y pepas” piensa la gordinflona
Mira y recontra mira la bolsita de plástico blanco.
El celular, más delgadito que ella, suena con un pitido.
Lo mira, se ríe y se dispone a contestar.
Los pies se mueven y pero los ojos no se despegan de la pantalla
Izquierdo,
Derecho,
Izquierdo
delante,
Derecho
atrás,
Derecho, izquierdo, izquierdo, izquierdo, derecho retuerce,
PAFFFFF!!!!
En un segundo de cámara lenta salen volando por los aires:
panes x 6, unas cuantas pepas, y un celular que se desarma en varias partes.
En un esfuerzo intenta levantarse pero el brazo le duele mucho.
Y no es del golpe, es de vergüenza!!!
Sniff, sniff! “Otra vez me rompí el alma contra el suelo!”
Una mano de un chico, las viejas chusmas de Palermo que salen a ver a la “accidentada”, y el clásico consejo del alarmista: “llamemos al SAME!!”
Ahhh! Y no falta el todopoderoso médico
Con toda la cara colorada, las mejillas con gotitas de sudor y las manos raspadas de la torpeza, se levanta.
Mira a los extraños.
Se pone más colorada.
Agradece la ayuda y huye como buena cagona.
Camina con el brazo como en cabestrillo.
Al llegar a lo de Jime, con cara de puchero les pide a sus amigos:
“Un hielo!! Soy muy torpe!!”
“mmmmm… manzana, pancitos y pepas” piensa la gordinflona
Mira y recontra mira la bolsita de plástico blanco.
El celular, más delgadito que ella, suena con un pitido.
Lo mira, se ríe y se dispone a contestar.
Los pies se mueven y pero los ojos no se despegan de la pantalla
Izquierdo,
Derecho,
Izquierdo
delante,
Derecho
atrás,
Derecho, izquierdo, izquierdo, izquierdo, derecho retuerce,
PAFFFFF!!!!
En un segundo de cámara lenta salen volando por los aires:
panes x 6, unas cuantas pepas, y un celular que se desarma en varias partes.
En un esfuerzo intenta levantarse pero el brazo le duele mucho.
Y no es del golpe, es de vergüenza!!!
Sniff, sniff! “Otra vez me rompí el alma contra el suelo!”
Una mano de un chico, las viejas chusmas de Palermo que salen a ver a la “accidentada”, y el clásico consejo del alarmista: “llamemos al SAME!!”
Ahhh! Y no falta el todopoderoso médico
Con toda la cara colorada, las mejillas con gotitas de sudor y las manos raspadas de la torpeza, se levanta.
Mira a los extraños.
Se pone más colorada.
Agradece la ayuda y huye como buena cagona.
Camina con el brazo como en cabestrillo.
Al llegar a lo de Jime, con cara de puchero les pide a sus amigos:
“Un hielo!! Soy muy torpe!!”
miércoles, 12 de diciembre de 2007
En Villa Celina
Salía al balcón con su joggineta. Con el mate cocido en mano y la silla-cuasi-reposera esperándolo para retozar.
Me sacaba a pasear. Solo en su casa yo tenía un triciclo, y amaba muy fuertemente pasar el fin de semana con él, y también con ella. Las comidas hechas por su esposa eran las más ricas. Todas especialmente para Sole.
Cuando iba a su casa me esperaba el banquito naranja de Twitty. Sentada allí me contaba cosas. Jugaba conmigo, o simplemente me decía algunas groserías que me hacían reir.
Todavía me acuerdo cuando Perri me mordió. Fue en el dedo. Yo veía en mi mano un cráter, y en realidad era una lastimadura del tamaño de un granito de arena. Me puso colonia (porque tenía alcohol) y me desinfectó. Obviamente que algunas lagrimitas se escurrieron.
Lo que más me gustaba era despertarme en el living y ver que estaba desayunando en la cocina.
Estaban los dos, mi abuela y mi abuelo, “Chichí” y “El abuelo” como les decía yo. Escuchaban unos tangos, tomaban unos mates y mi abuelo le decía Minnie, y la abrazaba, y le daba un beso en el cachete.
Extraño esos momentos. En que casi desde el suelo observaba lo que es el amor más allá de las canas, de los años, de los hijos, más allá de todo.
Extraño sus puteadas contra el auto, su vinito en jarra en la mesa, su panza de abuelo, sus risas. Sobretodo sus risas.
Pero lo que más me duele hoy es irme de la que una vez fue su casa. Mirar al balcón y que no haya dos. Que la manito que me saluda sea la de mi abuela, y que le falte su compañera.
Lo que una vez se quiso nunca se olvida… por eso hoy me acuerdo de vos y siento como si aún me hicieras gestos desde aquel balcón.
Por esos días.
Salú
Me sacaba a pasear. Solo en su casa yo tenía un triciclo, y amaba muy fuertemente pasar el fin de semana con él, y también con ella. Las comidas hechas por su esposa eran las más ricas. Todas especialmente para Sole.
Cuando iba a su casa me esperaba el banquito naranja de Twitty. Sentada allí me contaba cosas. Jugaba conmigo, o simplemente me decía algunas groserías que me hacían reir.
Todavía me acuerdo cuando Perri me mordió. Fue en el dedo. Yo veía en mi mano un cráter, y en realidad era una lastimadura del tamaño de un granito de arena. Me puso colonia (porque tenía alcohol) y me desinfectó. Obviamente que algunas lagrimitas se escurrieron.
Lo que más me gustaba era despertarme en el living y ver que estaba desayunando en la cocina.
Estaban los dos, mi abuela y mi abuelo, “Chichí” y “El abuelo” como les decía yo. Escuchaban unos tangos, tomaban unos mates y mi abuelo le decía Minnie, y la abrazaba, y le daba un beso en el cachete.
Extraño esos momentos. En que casi desde el suelo observaba lo que es el amor más allá de las canas, de los años, de los hijos, más allá de todo.
Extraño sus puteadas contra el auto, su vinito en jarra en la mesa, su panza de abuelo, sus risas. Sobretodo sus risas.
Pero lo que más me duele hoy es irme de la que una vez fue su casa. Mirar al balcón y que no haya dos. Que la manito que me saluda sea la de mi abuela, y que le falte su compañera.
Lo que una vez se quiso nunca se olvida… por eso hoy me acuerdo de vos y siento como si aún me hicieras gestos desde aquel balcón.
Por esos días.
Salú
jueves, 6 de diciembre de 2007
Sometimes
Si tuviera tan solo un segundo para hablar y decir lo que se siente.
Perder todo en manos de nadie.
Todo en manos de mi espejo.
Mirarse y sentir que no se puede
(o a veces no se quiere)
Vaciar cada segundo lleno de vida en un sin sentido.
Golpear con fuerza barreras invisibles que nadie ve.
Golpearse la cabeza una y otra vez.
Si pudiera decir la impotencia que siento frente a todo.
Mi vida,
la de él,
la de los otros.
No poder hacer nada que mejore lo que hay.
Y sin embargo…
Después de esos silencios…
Un grito de lejos.
Y de golpe pienso que algunas cosas pueden suceder…
Perder todo en manos de nadie.
Todo en manos de mi espejo.
Mirarse y sentir que no se puede
(o a veces no se quiere)
Vaciar cada segundo lleno de vida en un sin sentido.
Golpear con fuerza barreras invisibles que nadie ve.
Golpearse la cabeza una y otra vez.
Si pudiera decir la impotencia que siento frente a todo.
Mi vida,
la de él,
la de los otros.
No poder hacer nada que mejore lo que hay.
Y sin embargo…
Después de esos silencios…
Un grito de lejos.
Y de golpe pienso que algunas cosas pueden suceder…
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