jueves, 16 de octubre de 2008

Pausa

De vez en cuando se las toma...
Un poco de aire fresco y acentos raros le vienen bien

Mientras tanto, la taza de café espera,
con la cucharita pegoteada de azúcar
y la aureola del jarrito en la mesa.
El puré sin pisar se enfría sin apuros.
El ritual del abrazo queda en standby.

Subo la escalera y espero que me sorprenda,
pero los días todavía no pasaron.
Ocupo su lugar con suricatas y tigres,
con la narrativa diaria.
Después limpio la tacita y piso el puré.
Su voz me hace eco en cada palabra.

No pasa nada, me digo...
Los abrazos pueden esperar
hasta la hora en que su avión vuelva a aterrizar.

miércoles, 8 de octubre de 2008

De rebusques


Y cada vez que pienso que comprendo,
que encuentro una vuelta a esas palabras
Me vuelvo a chocar con una X, con la Z, con un signo de pregunta

Releer o encontrar el papel no me cambia la perspectiva.
Perdida en el abecedario vuelvo a interpretar lo que yo quiero

Hasta que alguien corre la cortina y entiendo.
Aunque si no pasara… seguiría colgada en mi nube.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Choices

Cuando estaba en primaria, y hacía cosas de niña, solía escuchar la radio con mi vieja.
Los fines de semana había programas para chicos en Continental. Yo participaba llamando como señora desesperada a Susana Gimenez.

Había acertijos, preguntas, concursos de llamados y demás desafíos para nenes de mi edad. El problema es que yo llamaba como una condenada, todos los sábados a la mañana. Me costaba un montón comunicarme antes que alguien se hubiera ganado el premio. Siempre me tocaba el consuelo. El que conseguía yo, generalmente era un diccionario Larousse escolar. Una reverenda porquería. Es más, hace un tiempo regalé un montón de esos.

Pero una mañana iluminada, mi llamado llegó antes que otros. Ya ni me acuerdo qué contesté. Tampoco me acuerdo si mi vieja contestaba por mí la pregunta… solo me acuerdo que gané.
Era un día glorioso. Me había ganado una visita guiada al zoológico con mis hermanos y mi mamá, pero un lunes, los días en que el zoológico estaba cerrado. Los animales eran todos para mí. Les podía dar de comer hasta cansarme. Y acariciarlos con la guía de un cuidador. A esa altura de mi vida, era uno de los mejores regalos que me podrían haber tocado.

Sin embargo… el día pautado para la visita se superpuso con mi audición para el coro del colegio. Yo tenía 9 años, estaba en 4º grado, y no había nada en el mundo que deseara más que cantar en el coro, que me seleccionaran.
Si me preguntan por qué tanto ensañamiento con la música, la verdad que no tengo una respuesta. Nadie era músico en mi familia. Pero todos cantábamos en la ducha. Y mi viejo era un buen improvisador de canciones con groserías.

Tantas ganas tenía de sobresalir en la audición (estaba segura de quedar), que dejé de lado el único premio que había ganado en las largas mañanas de llamados.
Efectivamente quedé en el coro. Eso me bastaba para sonreír de oreja a oreja.
Pero lamentablemente llegaron mis hermanos, mi primo y mi mamá, quienes no habían dejado de ir al zoológico por mí baja, desencajados de la emoción por la visita exclusiva que habían vivido.
Obviamente me bajaron la sonrisa de un hondazo.
Calladita la boca, me senté a cenar un rico puchero con ceño fruncido.

Seguí llamando a los programas de radio. Y junté una hermosa colección de diccionarios.

martes, 23 de septiembre de 2008

Por primera vez


Hace unos años cursé una materia en la facultad en la que por segunda vez, me ponía en contacto con la radio.
Como teníamos que hacer un programa en vivo en el estudio, decidimos juntarnos todo el grupo para ponernos de acuerdo en el armado de nuestro magazine.
En lo del Chino (centro de reuniones) buscando música para la artítica, encontré entre discos locos, una canción que me gustó mucho.
Era de una señora llamada Madeleine Peyroux, que tenía como una voz vieja, pero agradable, y me resultaba de una calidez enorme. Cantaba una canción que se llamaba "Dont wait too long".
Después de este encuentro con su música nunca más volví a escuchar algo de ella, pero guardé en la memoria nombre y melodías para no olvidarme si la volvía a ver.

Hace poco entré a ticketek buscando recitales para ir a ver, y me topé con esta mujer, que viene en diciembre.
Me decidí a ir a verla sin escuchar sus discos. Ir como se va a una obra de teatro, sin saber lo que se viene.
El fin de semana, una muchachito vino de sorpresa,con las entradas para que la vayamos a ver.


Me encantó la sensación de ir a ver a ciegas a una cantante y disfrutar por primera vez de su voz. Total, para seguir escuchándola tengo mucho tiempo...

martes, 16 de septiembre de 2008

Mar dulce, hermoso y cruel

Hoy por la mañana, entre empujones de pasajeros y bocinas al unísono, fui leyendo un libro que me habían recomendado. Un relato que me daba curiosidad.
Ya en el trabajo, y aprovechando que mi jefe no había llegado, terminé de leer las 30 páginas que me quedaban de “El viejo y el mar”. Un libro corto y sencillo del genial escritor Ernest Hemingway.
La verdad que no soy buena crítica literaria. Sé pocas formalidades sobre como comentar un texto. Muchas veces hasta no comprendo el verdadero significado de los cuentos.
Para explicarlo mejor: cuento con una visión, si se quiere, un poco infantil de lo que leo. Me dejo llevar por las sensaciones que me transmite un cuento o una novela. Lamentablemente esa relación que entablo con el relato me hace perder el verdadero sentido de lo que leo. Pero la verdad no lo puedo evitar. Es algo más bien visceral. Veo como un paisaje general, aprecio colores y formas, pero me cuesta un poco centrarme en los personajes. Leo otra historia diferente a la que supuestamente quieren contar.

Sin embargo no podía quedarme callada frente a terrible cuento-novela.
En “El viejo y el mar”, me conmovió sinceramente la sencillez. La de la escritura y la de su protagonista. Me impresionó que me atrajera tanto un libro en el que los diálogos son internos, que suceden dentro del protagonista y su pez.
Pude ver otro mar, uno lleno de colores. Yo siempre lo había pensado azul, casi uniforme. Este mar tiene vida. Brillo. Y sus habitantes son tan humanos como los pescadores. Y por ello merecen respeto. Son juzgados como cualquier hijo de vecino.
En este libro cada uno gana su destino, hace su destino y vive acorde a su posición.

Ahora, más que nunca quiero ir a Cuba. Mirar sus playas. Ver a los pescadores de manos agarrotadas y llenas de callos. Caminar por calles empedradas y quizás cantar con algún moreno en la feria, un pedacito de “Lágrimas negras”.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Pequeñez


Hoy me levanté…. Medianamente de buen humor.
El día estaba frío pero con solcito.
Después del trabajo me espera un barcito con alguna coca y lecturas que imagino agradables.
Pero mi trabajo, como sucede muchas veces, me hizo enojar.
No ese enojo de querer romper cosas. El enojo de puchero infantil.

Sí, hoy es uno de esos días en que frunzo la ceja y cada vez que pasa mi jefe por al lado hago un claro pero imperceptible bufido
- PUFFFFFFFFFFFFFFFFFFFF

A causa de mi enojo tan poco adulto, me estoy lastrando todo un paquete de galletitas, que encima casi no tienen sabor (aparte de no tener gluten).

Es que hoy es el día de la secretaria… Y mi jefe apenas si se acordó de saludarme… Y toooooooooodas recibieron regalo menos yo.

Sé que no tiene razón de ser este enojo y/o berrinche. Pero quería manifestarme de manera madura y sin escándalo mayor.
Y qué mejor lugar que mi propio blog.

He dicho

lunes, 4 de agosto de 2008

Pobre cochino interior...

- Sos celíaca

ZAS! Se me cayó el mundo abajo…

Hacía meses que venía rastreando qué me pasaba en el cuerpo. En la carnita, en la panza sobretodo. Las soluciones ni siquiera eran temporarias y los dolores (que ya francamente me rompían las bolas) no pararon por más medicación que me dieron.

El problema fue cuando Lolo y Vir especularon con mi diagnóstico.
- Naaaaaahhh!! No creo que sea eso… Si no tengo antecedentes familiares.

Pensaba en las facturas, tortas rellenas y pastas consumidas durante tantos años, y en la remota posibilidad de no volver a probarlas nunca más. Se me hacía un nudo en el estómago de solo pensarlo.

Después de semanas y semanas de mal humor constante, quejas y peleas con el que se me cruzara, el diagnóstico de mi gastroenterólogo fue fulminante.

- Sos celíaca.
A esa altura ya había digerido la posibilidad de no saborear nunca más una cerveza helada, o de no poder comer los tallarines caseros que hace mi abuela.

Por esa razón, la misma tarde del anuncio, una horita antes de verle la cara al señor que iba a cambiar mi “buen comer”, me senté en el café Martínez de Charcas y miré a los ojos al mozo:

- Una porción de torta brownie
- Con café?
- Un cortadito, y que la porción sea bien GRANDE
- Bueno… (gesto de que no duda de que soy un cerdo)

Saboreé esa porción como el último bocado de un preso. Nada me podía arruinar el momento.
Dejé la plata en la mesita del café y me dirigí decidida al consultorio y a una nueva vida en la que de ahora en más las tortas brownies las iba a tener que hacer yo.

jueves, 26 de junio de 2008

Fantasías


El mundo de los grandes se le hacía inabarcable.
Por las noches, soñaba con formas humanas enormes. El sol la enceguecía y ni siquiera las sombras de esos gigantes señores le tapaban la luz.
Pero a ella no le importaban ni el sol ni la luna: los señores grandes le daban miedo y prefería escaparse de ellos antes que cobijarse en sus ropas.
Y cuando ya estaban lejos volvía a respirar con normalidad.

Sin embargo, había uno que no le daba miedo. Con él se pudo subir a un tren y viajar donde no había amenazas.
La llevó bien lejos, a otro reino, otro país.
Allí, la estación de trenes era muy extraña: más sucia pero más soleada. Las personas lucían más tostadas y cargaban por las calles bolsas y gotas de sudor.
Sus zapatitos hacían clac clac por el empedrado. La vereda era muy angosta y preferían ir por la calle.
Ese día, de la mano del señor amigable, ella conoció majestuosas escalinatas, viejas que debían tener ruleros y pintorescos loquitos.

Volvieron en el tren, sentados uno al lado del otro. Una luz se fue y aparecieron cientos como puntitos lejanos, intermitentes. Sus ojos se escaparon por la ventana.



Al volver a su cama, los viejos miedos aparecían. Las enormes figuras se abalanzaban sobre ella, como queriendo devorar su tiempo.
Sin embargo, por las noches cuando sentía la manota en su frente y una caricia en el pelo recordaba la extraña tarde.
Santo remedio. Respiraba tranquila y volvía a soñar con ositos cariñosos y pequeños ponys que la llevaban bien lejos.





* El dibujo es del blog Tipika , perdón por robarlo por un rato!

martes, 24 de junio de 2008

Posturas

Hay días en que me siento en mi escritorio
y me siento torcido.

Hay días en que salgo a la calle
y ¡tengo derecho!
pero me siento oblicuo.




Una pequeña intervención de JP.
Saludos!

lunes, 9 de junio de 2008

Pre - Invierno

Cosas que pasan cuando llega el frío:

- Los guantes se pierden en la calle
- Los paraguas se rompen
- Aparecen bufandas de todos los colores, pero que abrigan
- Todos llegan tarde al trabajo
- La cuenta de gas se pone carísima
- El acolchado se vuelve el mejor amigo
- Se disparan las ventas de medias y calzoncillos largos
- Las aulas se vuelven una heladera
- Reaparece el olvidado submarino en los cafés porteños
- La vereda donde da el sol está llena de gente
- Nos calentamos las manos al fuego de la estufa
- Usamos remeras viejas pero abrigadas (total no nos sacamos el pullover)
- Dejamos las ojotas por las pantuflas
- Miramos pelis con la frazada encima
- Hago guiso
- Sale humito de mi boca
- Usás el chalequito feo
- Te busco a la noche para abrazarte
- Se hace más difícil soltarte